Historias

Los Buitres

Estaba un poco nervioso ese día. Me acosté temprano con la idea de dormir bien y harto, el día siguiente se venía pesado, pero dormí pésimo en la noche. Había buscado hospedaje con la idea de dormir en cama y descansar como se debía, tenía que recuperar la musculatura para subir a los buitres, además, pensando que ese era mi último día de vida me estaba tratando bien, pero no logré dormir bien. Estaba en Paposo y había buscado cualquier tipo de hospedaje que hubiera, realmente no esperaba mucho. Paposo no tenía ni hoteles, ni hostales, ni nada oficial, con un poco de suerte y luego de preguntar en tres lugares logré encontrar una pensión donde los trabajadores de los caminos se hospedan. Quería estar tranquilo antes de subir a los buitres.

Los buitres fue como bauticé el tramo entre Paposo y La Negra, 160 kilómetros de desierto y sin nadie habitando en todo el tramo. Soledad total y ninguna posibilidad de obtener agua de alguna casa, algún puesto de chivero y menos algún afluente de agua que venga de la montaña, este tramo ya era el desierto de Atacama mismo. Hasta este punto, Paposo, ya había tanteado el desierto, pero siempre hubieron posibilidades de abastecerse y de encontrar agua, al menos cada 50-80 kilómetros, lo suficiente para abastecerse de agua una vez al día. En los buitres, no había posibilidad alguna. Tenía que llevarme el agua y la comida para tres días que era lo que había calculado me iba a tomar llegar a La Negra, cerca de Antofagasta. Lo difícil del tramo no era solo la distancia, sino la pendiente que había al inicio de la ruta. Saliendo de Paposo se encuentra la cuesta de Paposo, 45 kilómetros de subida llegando a una altura de 2100 metros sobre el nivel del mar. Paposo, que es una caleta, está a 0 metros sobre el nivel del mar, así que la escalada serían efectivamente 2100 metros de altura aproximadamente. Jamás había subido una cuesta con esta distancia y con este desnivel y menos con el peso de la comida y del agua para tres días de travesía. Ni siquiera los cruces de montaña por la cordillera de los Andes en el sur de Chile tienen esta dificultad, al menos allá tienes agua por todas partes, esto es el desierto de Atacama.

El nombre los buitres vino luego de contarle a Javier la ruta que iba a seguir. Él, conocedor de las rutas por estas zonas y al tanto de la ruta que iba a hacer, me fue asesorando con opciones de rutas a seguir, al enterarse de mi pretensión de subir la cuesta de Paposo hacia la cordillera de la costa no pudo sino exclamar; “Ah no weon, veo los buitres!”. Por ende, que mejor nombre para el tramo que, Los Buitres.

Desperté a las 6 am. Tenía que comenzar la escalada antes que el sol iluminara el principio de la cuesta, evitar el calor era fundamental. A las 6.45 ya estaba desayunado y con los bolsos en la puerta de la pensión, solo faltaba montar las cosas sobre la bici y comenzar a subir. Mr. Murphy siempre se hace presente de sorpresa. Tomé la bicicleta y la rueda de atrás estaba pinchada. La mente se trató de meter, pero como no hay que pensar mucho y hay que hacer lo que hay que hacer saqué la bicicleta a la calle, la puse de cabeza y me dispuse a cambiar la cámara pinchada por la de repuesto. Una vez hecho el cambio pensé en reparar la pinchada, pero no quise atrasarme más, ya era las 7.20 y el sol no me iba a esperar a que reparara el repuesto. Decidí confiar en la vida y lanzarme al desierto con el repuesto pinchado.

Salí de la pensión a las 7.30 y la subida comenzó inmediatamente. Luego de 1 hora de pedaleo había avanzado sólo 5 kilómetros. Paposo se veía aun ahí mismo, pero abajo, yo ya en el cerro, en altura. A pesar de que no había sol estaba traspirando como caballo, terminé por sacarme todo, polera y pantalones, a esta altura a uno ya le da lo mismo todo. El sol aun no lograba romper las nubes de la mañana y comenzar a iluminarlo todo. El camino hizo una curva y comenzó a internarse en la montaña. De a poco comenzaron a aparecer grutas a la orilla del camino. Por todas partes cruces y banderas, infaltable las flores adornando las pequeñas grutas. Mi extrañeza ante tanta gruta se transformó en asombro al mirar la quebrada; autos, camiones y camionetas, incrustados de quién sabe cuando en el cerro. Un cementerio acumulado en el tiempo de quizás cuantos accidentes que explicaban la cantidad de grutas que adornaban este paisaje tan particular. Esto explicaba las grutas y además la gran cantidad de señaleticas de vialidad advirtiendo los limites de velocidad y las curvas que se venían. Logré contar al menos 12 vehículos incrustados en el cerro. Sin detenerme a pensar mucho en los accidentes continué la peregrinación hacia la altura, faltaba mucho por recorrer aún.

Seguí el ascenso sin complicaciones. Alrededor de las 10 el sol logró finalmente quebrar la muralla de nubes e iluminarlo todo. Con esto la temperatura comenzó a elevarse rápidamente y lo rayos solares comenzaron a quemar fuerte. Me tuve que vestir. Tenida de desierto, pantalón largo y polera manga larga de algodón. Seguí subiendo, a 5 kilómetros por hora y quién sabe con cuanto peso en la bicicleta. Calculé que necesitaba 7 litros de agua para el tramo, cargue 8 por si acaso, a pesar de que un Austriaco que me encontré en Taltal me dijo que se había tomado 20. Seguí subiendo, parando de cuando en cuando para comer, tomar fotos, gritar, cantar, silbar, respirar y seguir subiendo. La cuesta eterna, la cuesta de la mente.

El paisaje no era desierto, no aun. La influencia de la costa se hizo notar desde el principio, muchos arbustos, muchas aves, hasta ratones que se cruzaban en el camino. Incluso vi arboles, dos creo. Y seguía subiendo. A medida que subía el paisaje se tornaba lentamente más tosco. La vegetación comenzó a desaparecer de a poco y dio paso a la roca desnuda, cual alta montaña. Y seguía subiendo. Faenas mineras artesanales aparecían también de cuando en cuando. Algunas industrializadas y con mejores tecnologías se veían a lo lejos. Y seguía subiendo. Ya me había tomado 1 litro de agua. Y seguía subiendo. El paisaje volvía a cambiar, se daba paso a las arenas, arenas rojas y amarillas que tiñeron los cerros. Arenas blancas en algunas partes, rojas, amarillas, naranjas, estaba cerca ya de los buitres. Y seguía subiendo, pero ya quedaba poco para el primer hito, kilómetro 35. El viento soplaba a mi favor y me ayudaba a subir, realmente no había sido tan terrible como pensaba. Quizás ese era el error, pensaba mucho, pero aun seguía subiendo.

Ya era la 1 de la tarde, llevaba casi 6 horas en la subida y esta aun continuaba. Derrepente un hombre de un auto que iba en sentido contrario me gritó por la ventana; “querís agua!?”. No lo dudé; “Si!” le respondí. “Y un plátano?!!”, “También!”. Ya me había tomado litro y medio de agua y un poco más no venía mal. Me regaló 700 ml de agua, en el desierto cada gota cuenta. El hombre no me preguntó nada, sólo me dijo que me faltaba poco y que tuviera fuerzas, me deseó suerte y se fue. Seguí subiendo. A las 13.45 llegué al primer hito. Kilómetro 35, aquí terminaba la pendiente más fuerte y bajaba a una pendiente más leve por los próximos 10 kilómetros. Decidí parar a almorzar. Lo aprendido en ElquiTerra en el Valle del Elqui es infalible. Trabajar desde temprano, para al almuerzo, comer y dormir o descansar la siesta para continuar las tareas cuando lo más grave del calor ya ha pasado. Tenía que hacerlo, las piernas me temblaban un poco pero no había sido tan difícil, realmente no estaba destruido como creía iba a terminar.

Encontré sombra al lado de una barrera de contención a la orilla del camino, una linea de sombra que al menos le daba sombra al agua. Almorcé y descansé casi 3 horas. Me dediqué a contemplar el desierto y su inmensidad. El viento se levantaba cada vez más y en un momento se puso grave y comenzó a presionarme. Decidí que tenía que subir los próximos 10 kilómetros y terminar de una vez por todas con la cuesta y con el día. Me demoré cerca de una hora y ya podía descansar, pero me sentía muy bien, mis piernas aun podían seguir pedaleando y me comenzó a picar el bicho por avanzar. Se venían tres cuestas más. ¿Quizás podía avanzar una más?. Decidí tomar la primera bajada de 5 kilómetros y decidir abajo. Fue maravilloso dejar que la bici se moviera por si sola. Los 5 kilómetros se hicieron nada y estando ahí decidí subir la siguiente cuesta que era de 7 kilómetros. Si ya había subido 45 que más daba subir 7, total, el viento estaba a mi favor y las piernas aun respondían bien.

Comencé a subir. Cuando me faltaban 2 para terminar la pequeña cuesta algo raro comenzó a pasar con la bicicleta. No sabía bien que era pero se sentía mal. Decidí parar y revisar, miré la rueda trasera y ahí estaba el problema, pinchazo. Tengo repuesto, mentira, está pinchado también. La mente se metió. Inmediatamente un camionero que venía en contra comenzó a hacerme cambio de luces insistentemente y se detuvo frente a mi. Comenzó a interrogarme y no me dio ni un segundo para dejar que la mente se metiera. Le conté de donde venía y hacia donde iba, no podía creerlo, le conté que había pinchado y necesitaba repararme de alguna forma. Me preguntó si quería algo para tomar, a lo que obviamente no me negué. Cruzó en el mismo camión la calle hacia mi lado y desde la ventana me pasó una botella de Fanta, para amenizar la fiesta me dijo, me deseó suerte, ánimos y mucho coraje y continuó su camino.

Con una botella de Fanta en la mano y la rueda de atrás pinchada me salí del camino a meditar que hacer. Me senté en el desierto. Tomé un trago de fanta. Estaba caliente y decidí guardarla. Tenía que ver como parchar las cámaras para poder salir de ahí, pero lo primordial era primero encontrar el pinchazo. Generalmente eso se hace con agua y un pocillo grande donde se mete la cámara inflada y se va girando hasta que se ven las burbujas salir, donde se ven las burbujas, ahí es el pinchazo. Pero estaba en el desierto, sin agua y sin un pocillo grande. Tomé un trago de agua, pensé en romper una botella, pero con eso me perdería una botella con agua. La botella de fanta era muy pequeña para el trabajo. Eran las 6 pm. Miré al cielo, miré la luna, cerré los ojos y me dejé caer de espaldas. Me puse a respirar y dejé de pensar. Hay que tomarse la vida con más calma reflexioné. Sin pensar nada y sin tratar de recordar nada recordé que tenía un pocillo pequeño donde traía mantequilla, pero la mantequilla se había derretido hace muchos días y ya no la traía conmigo, si el pocillo. Brillante, amo cuando las cosas suceden de forma tan espontanea. Con toda mi calma me levanté del desértico suelo y me puse manos a la obra. En 30 minutos ya había reparado las dos cámaras y había montado todo de vuelta sobre la bicicleta. Gasté alrededor de 200 ml de agua. Eficiencia total. Eran casi las 7, decidí terminar la cuesta y acampar.

Llegué al aeródromo del observatorio del cerro Paranal. Una pista de aterrizaje en medio del desierto, sin torre de control, sin caseta, sin refugio, nada, sólo la pista de aterrizaje. Me acerqué a la pista y acampé a la orilla. Era navidad, había que comer rico y tratarse bien, podía ser mi último día de vida. Monté campamento, preparé palomitas de maíz, huevo revuelto, tomate y plata. Además tenía una fanta que ya estaba helándose. El cielo se estrello rápidamente y así ya estaba en medio de los buitres, en pleno desierto.

Al día siguiente no me levanté temprano, había avanzado mucho más de lo estimado, así que me dí el lujo de dormir hasta tarde. Incluso así, en el día avancé lo suficiente para quedar a 20 kilómetros de La Negra. Me quedaba 1 litro y medio de agua y con eso estaba más que regalón. Los buitres ni aparecieron estando arriba, demasiado agreste incluso para los buitres. Mejor así, realmente no era para ver los buitres el camino, sino mas bien un deleite para los viajeros del desierto.

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