Historias

El Negro

La jornada de ayer pudo haber terminado en sangre, afortunadamente no fue así. Bajé de la cuesta del espino a media mañana con la idea de pasar a Combarbalá y luego seguir rumbo hacia Monte Patria. El principio de la ruta era de tierra pero estaba sólo a algunos kilómetros del pavimento. Demoré sólo un par de horas en llegar a Combarbalá pero la energía del lugar no me gustó y decidí continuar.

Ya a medio día estaba en Cogotí y el calor pegaba fuerte. Tenía poca agua y me había bajado el azúcar, decidí parar en un negocio de ruta a pedir agua y comprar una coca-cola. El golpe de azúcar que entrega una bebida miniatura es suficiente para levantar el animo. La tónica de la ruta fue siempre en bajada, salvo una que otra subida pequeña. Mientras más avanzaba, más calor hacia. Parecía que venía bajando de la alta montaña donde el calor aun no estaba tan bravo como lo era acá en los valles.

Saliendo de Cogotí, ya sin sed y sin necesidad de azucar me encontré con una subida más o menos larga. De todas formas su cumbre era visible. Serían sólo unos minutos de subida, o al menos eso pensaba. La traspiración no cesaba. El calor realmente estaba fuerte. Venía una curva y a mano derecha unas cabras rumiando el poco pasto que había en el terreno. Continuaba la curva y justo en su termino un cruce de linea de tren. Aquella linea ferrea que se usaba por allá por 1915, inoperativa desde quién sabe cuando. A mano izquierda un espino y bajo su sombra tres perros. Se iniciaba otra curva y aumentaba la pendiente. La subida se había vuelto más pesada pero no imposible.

Algo tienen los perros en contra de las bicicletas. Los tres perros cesaron su descanso en la sombra y de pié comenzaron a ladrar. Uno de los tres, el negro, corrió hacia la bicicleta ladrando ferozmente.

Luego de haber recorrido una cantidad a considerar de rutas he aprendido que de los perros no se arranca. Algo en su instinto les hace seguir a la presa en movimiento. Que persiguen de la bicicleta, realmente no lo sé. Su imaginario mental les hará creer que la bicicleta con carga y uno arriba es un animal digno de cazar., quizás imaginan que es un caballo. La misma ruta me ha enseñado que detenerse por completo corta toda su intención. Huir es futíl. Con tanto peso tratar de hacer un sprint no tiene sentido y el mordisco en la pierna no es algo gracioso de recibir. Además que te muerda un perro significa visita al hospital segura para recibir el pinchazo anti rabia.

Los acompañantes del negro se fueron ladrando a su casa que estaba cruzando la calle, un poco más arriba de donde descansaban. El negro, bueno el negro era un perro de combate. A pesar de que me detuve por completo, su intención no cambió. Siguió ladrando. Comenzó a amenazarme con sus colmillos y a acercarse de a poco sin parar de ladrar. El negro tenía rabia. Quizás le gustaba pelear. Desde la distancia sus hermanos continuaban con los ladridos detrás del portón de su hogar. El negro ya estaba casi al lado mío. Perro negro, ¿por qué me haces esto?, le conversé.

El negro era un guerrero. Se notaba por sus marcas en el cuerpo. Una de sus patas delanteras aun tenía una herida en carne viva semi infectada y secandose al sol. Seguro nadie se preocupaba de llevarlo a un veterinario o darle algún tipo de curación. Perro de campo. Perro duro. Perro bravo. No me quedaba otra opción, tenía que aceptar la pelea del negro. “SALE DE AQUÍ MIERDA!!” le grité y lo amenacé con la bicicleta. No resultó. El negro se acercó más, un salto y ya me podía alcanzar con sus colmillos. Sin poder soltar la bicicleta no tenía muchas alternativas. La pendiente tiraba la bicicleta para atrás y no tenía mucha estabilidad. El negro iba a tirar el mordisco en cualquier momento. Pensé en mi cuchillo.

El cuchillo siempre va a la mano en la alforja delantera. No con un fin bélico, más bien con un fin práctico. Casi siempre cuando me detengo lo ocupo, no tiene sentido tenerlo guardado dentro de una alforja. Siempre está la idea romántica de defenderse con él, pero eso no es más que un romanticismo hollywoodense que poco aplica a la realidad. De todas formas, el romanticismo se quebró con esta realidad, el negro ya hacia amagues para atacar. No saqué el cuchillo, pero ganas no faltaron. Le mostré mis puños. Me convertí en un animal. Como gato salvaje le hice un guapo de aquellos. Finalmente, el negro atacó.

Sólo una vez recuerdo que un perro me atacó, esa vez lo hizo sin aviso, en silencio. Alcancé a darme cuenta y paré en seco. Le hice el mismo guapo que le hice al negro, listo para tirarme encima del perro si es que no cortaba su intención, esa vez no tenía cuchillo, pero lo repentino del ataque no me dejó mucha opción. Afortunadamente el perro se detuvo, se dio media vuelta y desapareció. El negro se me vino encima. El no tener miedo me ayudo a medir bien. Un puño en la cabeza antes que alcanzara a morder le cerro el hocico y lo mando ladrando a su casa. La adrenalina me subió a la cabeza pero con esto ya daba la pelea por terminada. El dueño del negro se asomo a su puerta a ver quien producía tanto espectáculo. El negro junto a sus hermanos continuaron la fiesta. Los ladridos no pararon.

Con todos los perros detrás del portón, remonté mi bicicleta. Rara vez los perros salen de sus territorio para atacar, además el dueño de los perros estaba en la puerta gritándoles que se calmaran. Seguía la cuesta, a 5 kilómetros por hora pasé por en frente de los perros. El negro salió de su territorio. Su dueño comenzó a gritarle improperios. El negro no hizo caso. Esta vez ya no estaba para juegos y desenvainé, no el cuchillo, pero el palo que ocupo para afirmar la bicicleta. “Con este te voy a dar weon!” le grité y lo amenacé. La historia volvió a repetirse. Quizás los ladridos de sus hermanos, los garabatos de su dueño o la sed de venganza nublaron al negro. El negro atacó otra vez. Un golpe seco retumbó en su cabeza. Sonó hueco. Se notó que le dolió. Chillando y gritando se devolvió a su casa. Su dueño se acercaba rápidamente, también con un palo en mano acompañado de un rosario de aquellos que agregaba más dramatismo a la escena.

Subí nuevamente a mi bicicleta y comencé a avanzar. Palo en mano le levanté la mano al dueño del negro como gesto de saludo. Respondió el saludo y continuó la persecución del negro quien corría como si supiera que la había cagado. Sin nada más que hacer, paré, guardé mi palo y continué con la misión. Menos mal no saqué el cuchillo. Sino, quien sabe en que habría terminado el show.

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